El aliento de Aria se cortaba, y un vapor blanco salía de sus labios cada vez que exhalaba en el aire cada vez más helado del valle. Detrás de ella, el sonido de los pasos del ejército de Silas y los gruñidos de los lobos marginados se escuchaban cada vez más cerca. Silas ya no intentaba ocultarse; la perseguía como si fuera una presa herida.Aria siguió corriendo a través de los matorrales espinosos, sin hacer caso al dolor en su piel. De repente, un aroma de jazmín y rocío matutino, de una pureza absoluta, irrumpió en el aire, ahuyentando el hedor de los Cazadores de Sombras. El camino que tenía delante se abrió, revelando una cueva oculta protegida por un velo de cascada delgada que emitía una luz azul verdosa.Sin pensarlo dos veces, Aria atravesó el velo de agua.Dentro, encontró una laguna de aguas claras y tranquilas. El agua no reflejaba la oscuridad de la cueva, sino que emitía la luz de la luna de un cielo invisible. Se trataba del Manantial Sagrado de la Luna Creciente,
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