El aliento de Aria se cortaba, y un vapor blanco salía de sus labios cada vez que exhalaba en el aire cada vez más helado del valle.
Detrás de ella, el sonido de los pasos del ejército de Silas y los gruñidos de los lobos marginados se escuchaban cada vez más cerca.
Silas ya no intentaba ocultarse; la perseguía como si fuera una presa herida.
Aria siguió corriendo a través de los matorrales espinosos, sin hacer caso al dolor en su piel.
De repente, un aroma de jazmín y rocío matutino, de una