El regreso de la comitiva del Emperador al Palacio Obsidiana no fue recibido con vítores de victoria, sino con un silencio opresivo. Alaric caminaba a un lado de Aria, pero esta vez ya no la guiaba.
Aria avanzaba con la cabeza alta; su aura plateada ya no estaba oculta, brillaba débilmente debajo de su manto, dando la impresión de que ya no era solo una Reina, sino una entidad sagrada que caminaba sobre la Tierra.
En la sala principal, los jefes de guerra y los restos del consejo leal ya estab