La noche en la Capital se sentía extraña. Dentro del pabellón médico más oculto del palacio, el aire olía a jazmín mezclado con el aroma metálico frío de la energía del Vacío. Aria Crescent estaba sentada en una silla de madera junto a la cama de Silas, moviendo entre sus dedos un pequeño colgante un recuerdo de sus días de academia que, por milagro, seguía intacto.Frente a ella, Silas parecía una estatua de cera que comenzaba a derretirse. El proceso de eliminación de la existencia, desencadenado por los vítores del pueblo en la puerta de la ciudad esa mañana, había dejado marcas aterradoras. Ahora, su hombro izquierdo también comenzaba a desvanecerse, dejando un esqueleto de luz transparente. Si Aria colocaba su mano allí, no tocaría piel, sino que solo sentiría una sensación fría que punzaba sus nervios.Deberías dormir, Aria murmuró Silas. Su voz ahora sonaba como un eco desde lejos, como si hablara desde las profundidades de un pozo muy hondo. Tu rostro... ya está empezando
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