Las campanas de la catedral de la Capital repicaron doce veces, su eco resonó a lo largo de las calles empedradas que ahora estaban llenas de miles de ciudadanos inquietos.
Hoy no era un día de celebración, sino uno en el que la historia sería reescrita... o borrada para siempre.
La imponente Sala de Audiencia, con sus altos pilares de mármol y techos que representaban la justicia de los Dioses, se sentía más fría que de costumbre.
En el centro de la sala, bajo la mirada aguda de los doce Anc