La luz blanca lechosa que emanaba del Lago de Purificación debería haber sido un símbolo de pureza, pero para Aria Crescent y Alarico Obsidiana, esa luz se sintió como la mirada fría de la muerte. En la orilla brillante del lago, miles de tropas de élite del Reino de las Tinieblas permanecían inmóviles como estatuas guardianas del inframundo. En medio de ellas, un altar de cristal se alzaba imponente, sosteniendo un ataúd transparente que contenía a la mujer que durante diez años había acechado cada pesadilla de Aria: Elena Crescent, su madre.Aria se mantenía de pie con las piernas temblando, no por miedo, sino por la tormenta emocional que golpeaba su corazón como un martillo de guerra. Sus recuerdos, que ahora alcanzaban el 60%, le mostraban claramente la sonrisa de Elena, el calor de sus abrazos y la canción de cuna que antaño le cantaba. Ver a su madre en manos de Valerio, en un estado ni vivo ni muerto, hizo que la ira de Aria sobrepasara los límites de lo humano.Alarico es
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