El rostro de Annelise perdió nuevamente el color y Aleksei se sintió devastado. Si hubiera sido más listo, habría ayudado a Annelise a regresar con su padre, no, eso jamás. La habría ayudado a escapar lejos de Rusia y de Alemania, a un sitio donde nadie, ni siquiera él mismo pudiera encontrarla ni tocarla.Pero estaba loco por ella. Le costaba admitirlo, y esa era la única verdad.No solo le enloqueció su cabello café dorado ni sus ojos color caramelo, ni sus estupendas curvas, sino su personalidad altanera, y desafiante, que solamente a ella le permitía serlo con él, porque Aleksei siempre estuvo acostumbrado a que nadie, excepto su padre, le diera órdenes, lo desafiara, gritara o castigara.Pero Annelise Falkenheim había nacido en el mismo ambiente que él y por gracia divina había logrado sobrevivir a ese infierno.Y cuando se encontró con los ojos caramelos de ella, la abrazó deliberadamente, estrechándola entre sus brazos y mirando con fiereza al lugar donde estaba la cámara, s
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