—No.Aleksei frunció el ceño, esperando haber escuchado mal.—¿Qué?—No, Alek. Mi respuesta es no—. Puntualizó ella, dándole la espalda—. No puedo perdonarte tan fácil. Ojalá me hubieras abofeteado o gritado, no sé, pero lo que me hiciste fue lo peor que le pueden hacer a una mujer.—Lo sé, por eso estoy pidiéndote perdón.—Lo entiendo, pero tú no sabes lo que sentí esa noche cuando decidiste tomarme por la fuerza sin importarte nada—le tembló la voz y se giró para mirarlo—Ni siquiera te detuvo el estar herido, Alek. Tu rabia fue mayor que cualquier pensamiento coherente.Aleksei advirtió que Annelise había comenzado a llorar, pero sin alterarse. Las mismas lágrimas que rodaron por sus mejillas esa noche estaban nuevamente adornando su delicado rostro.—¿Y sabes lo que más me tiene mortificada? Él no respondió. Se mantuvo arrodillado e inmóvil, observándola.—Que, aunque me hayas hecho eso, no pude odiarte como deseaba, ¿y sabes por qué?—No lo sé… —balbuceó, perdido.—Porque si no hu
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