El contrato roto por el deseoEl trayecto de vuelta a la mansión fue un desierto de palabras. El silencio se instaló entre ellos como un muro de cristal, pero el aire dentro del coche estaba cargado de una electricidad que Elena no podía ignorar. Alexander mantenía la mirada fija en su teléfono celular, y de vez en cuando, una pequeña sonrisa, casi imperceptible, curvaba sus labios.Elena lo observaba por el rabillo del ojo, sintiendo que el pecho le ardía de celos. «Seguro está hablando con ella», pensó, apretando su bolso contra su regazo. «Me dijo todas esas cosas en la gala para que me quedara tranquila, para que no diera un espectáculo, pero su mente y su deseo están en otra parte».Al llegar a la mansión, Alexander bajó primero y, con esa caballerosidad que a Elena le resultaba tan confusa, le abrió la puerta y la ayudó a bajar, sosteniéndola de la mano con una firmeza que parecía querer transmitir un mensaje que ella no lograba descifrar. La guio hacia el interior, donde Victo
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