El umbral del pasadoEl motor del vehículo se apagó, pero el silencio que siguió no fue de paz, sino de una tensión eléctrica. La mansión Blackwood se alzaba ante ellos como una fortaleza de piedra y cristal, una arquitectura imponente que, para Elena, siempre había sido más una cárcel que un hogar. Sus manos, apoyadas en el regazo, temblaban levemente.Alexander, percibiendo su miedo, dejó el volante y cubrió su mano con la suya. El contacto era firme, posesivo, pero cargado de una seguridad que ella no recordaba en él. —Esta vez será diferente, Elena. Confía en mí —dijo él, y sus ojos, al encontrar los de ella, no proyectaban frialdad, sino una determinación absoluta.Elena asintió, aunque el nudo en su garganta le impedía articular una palabra. Desde el asiento trasero, Max, ajeno a los fantasmas que acechaban a los adultos, se inclinó hacia adelante con los ojos brillantes de entusiasmo.—Mamá, no tengas miedo —dijo el niño con una dulzura que le desgarró el alma a Elena—. Mis ab
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