La arquitecta del destino
La mañana siguiente se desplegó con una claridad inusual. Elena, tras dejar a sus hijos en el colegio, sintió que el aire de la ciudad era más ligero. El tráfico, que solía ser un recordatorio de la prisión en la que se había convertido su rutina, ahora parecía simplemente el camino hacia una nueva vida. Su teléfono vibró contra el salpicadero; el nombre de Alexander iluminó la pantalla, y una calidez inesperada floreció en su pecho.
—¿Aló? —respondió al activar el man