La agitación coreográfica de los pulmones heridos estremecía el aire confinado del sanctórum real, un espacio donde el tiempo parecía haberse congelado bajo el peso de los siglos y la heráldica de una dinastía en decadencia. Catherine sostenía debajo de ella a un espécimen humano cuyo pecho subía y bajaba en un estertor rítmico, atrapado sin salvación en el magnetismo de la carne monárquica. Cada exhalación del hombre, cargada de una temperatura febril que delataba su mortalidad irremediable, chocaba contra las hebras oscuras, densas y sedosas del cabello de la joven monarca, un vaho cálido y desesperado que pretendía profanar la distancia mística y metafísica que separa al ganado de la deidad sedienta. La saliva del caballero, densa, amarga y cargada de una devoción puramente animal que desafiaba a los mismos cielos, humedecía la piel pálida, casi translúcida de Catherine, trazando senderos de humedad que relucían como hilos de mercurio bajo la penumbra de las pesadas cortinas de te
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