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—Él puede quedarse —dictaminó Catherine, retirando la mano del contacto de Vlad con un movimiento seco, mientras se acomodaba en uno de los sillones de terciopelo de la sala privada—. Al fin y al cabo... es mi perro. Un animal domesticado siempre es útil cuando se visita un nido de lobos.

Edward apretó los dientes hasta hacer crujir las mandíbulas al escuchar el epíteto, pero no alzó la cabeza; aceptaba la humillaci&oac

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