Contenida con la rigidez de una presea dinástica sobre un vidrio opaco expuesto a la rapiña de los elementos, Catherine de Luxiner se asfixiaba en contra de su voluntad en el interior de aquel suntuoso y lúgubre palacio periférico. Desde las afueras de los muros carcomidos por el salitre y el moho del invierno, cualquiera que conservara un rastro de sensibilidad humana o intuición política podía percibir el aura pesada, casi táctil, del miedo institucionalizado y el horror que emanaba de sus estancias. Aquella edificación, cedida por la regencia de la Emperatriz Viuda como un confinamiento dorado, no constituía un hogar; era una jaula de cortesana diseñada para despojar a la reina legítima de su dignidad y su cordura.Sin embargo, Catherine pasaba las primeras horas del alba sentada en un sitial tallado en cerámica antigua, una pieza de importación continental que mucho antes de la catástrofe dinástica había pertenecido al despacho privado de Thomas. Este era, sin discusión alguna, su
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