Max no se movió de su lado durante las siguientes horas. Se sentó en la silla junto a la cama, sosteniendo su mano, acariciando sus dedos, mirando el anillo que ahora brillaba en su dedo.—Deberías descansar —dijo Anabela suavemente—. Has viajado toda la noche.—Estoy bien. No voy a ninguna parte.—Max...—Anabela, pasé semanas sin saber dónde estabas. Sin saber si estabas bien. No voy a desperdiciar ni un segundo ahora que te encontré.Ella sonrió. Apretó su mano.—Soy yo quien debería estar disculpándose. Hui. Te dejé sin explicaciones. Sin darte la oportunidad de...—No. Tú hiciste lo que sentiste que tenías que hacer. Y yo... yo te fallé primero. Dejé que mi madre te tratara como si no fueras suficiente. Me quedé callado cuando debí haber gritado que eres todo para mí.Hizo una pausa.—Así que si alguien debe disculparse aquí, soy yo.La puerta se abrió. Una enfermera entró con una bandeja.—Hora de comer, señorita Ocampo. Necesita recuperar fuerzas.Dejó la bandeja en la mesita.
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