Max no se movió de su lado durante las siguientes horas. Se sentó en la silla junto a la cama, sosteniendo su mano, acariciando sus dedos, mirando el anillo que ahora brillaba en su dedo.
—Deberías descansar —dijo Anabela suavemente—. Has viajado toda la noche.
—Estoy bien. No voy a ninguna parte.
—Max...
—Anabela, pasé semanas sin saber dónde estabas. Sin saber si estabas bien. No voy a desperdiciar ni un segundo ahora que te encontré.
Ella sonrió. Apretó su mano.
—Soy yo quien debería estar d