CAPÍTULO 38

Max no se movió de su lado durante las siguientes horas. Se sentó en la silla junto a la cama, sosteniendo su mano, acariciando sus dedos, mirando el anillo que ahora brillaba en su dedo.

—Deberías descansar —dijo Anabela suavemente—. Has viajado toda la noche.

—Estoy bien. No voy a ninguna parte.

—Max...

—Anabela, pasé semanas sin saber dónde estabas. Sin saber si estabas bien. No voy a desperdiciar ni un segundo ahora que te encontré.

Ella sonrió. Apretó su mano.

—Soy yo quien debería estar d
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