Abby cerró la puerta del baño con manos temblorosas, apoyando la espalda contra la madera fría como si de repente necesitara un refugio. Sus rodillas le flaquearon y tuvo que sujetarse al lavabo para no deslizarse hasta el suelo. El espejo frente a ella le devolvía un reflejo que apenas reconocía: mejillas encendidas, labios aún húmedos, ojos desorbitados que brillaban con una mezcla imposible de nombrar. No entendía lo que acababa de pasar. No entendía cómo había permitido que él… que Evan MacGregor, el maldito nuevo CEO arrogante, la hubiera tocado de esa manera o la hubiera instigado a hacer...eso. Ni mucho menos, por qué no lo había frenado. Debería sentirse indignada, traicionada, ultrajada, sucia. Pero lo que sentía no era nada de eso. Se sentía… especial. Una palabra ridícula, infantil, que detestaba siquiera pensar. Y sin embargo, era la única que encontraba para describir esa electricidad que todavía corría por su piel. Como si, al posar su mirada y sus manos sobre ella, la h
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