La mañana amaneció con un cielo limpio, pulido por la brisa fresca del océano. En la mesa de la terraza, sobre el mantel de lino, el gran libro de piel con el sello de Universo Literario descansaba cerrado. A su lado, un cuaderno con la primera página en blanco esperaba, bajo la luz dorada del sol, el trazo de una nueva etapa.Leo cargaba su maleta en el maletero de la berlina. Aunque sus ojos delataban la emoción del viaje hacia la escuela de arte en Europa, en su postura ya no quedaba rastro del niño asustado que una vez llevó la medalla de San Cristóbal en el cuello. Había crecido con la certeza de tener unas raíces indestructibles.Antonio observaba a su hijo desde la balaustrada, con los brazos cruzados sobre el pecho. La brisa marina le despeinaba el cabello, pero en su mirada azul no había sombra de aprensión, solo el orgullo sereno de un padre que ha construido un puerto seguro para que los suyos puedan zarpar sin miedo.Mia se acercó a él, deslizando el braz
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