Dominic BlackwoodLa mansión estaba sumida en esa penumbra cálida que solo el fuego de la chimenea sabía proyectar. Afuera, el invierno de Londres golpeaba los ventanales con ráfagas de lluvia helada, pero dentro, el aire se sentía espeso, casi eléctrico. Chloe estaba sentada a mi lado en el sofá, envuelta en una manta de cachemira, con la cabeza apoyada en mi hombro. El tratamiento de hormonas le había dado una tregua hoy; ya no había gritos por el café ni llantos por el color de las nubes. Solo había una calma melancólica que, de alguna manera, me resultaba más inquietante que su furia.Sus dedos trazaban patrones inexistentes sobre el dorso de mi mano. Yo la observaba, consciente de cada una de sus respiraciones. En las últimas semanas, nuestra relación se había convertido en un campo de batalla médico, en un despliegue de logística y resistencia. Pero debajo de las agujas y las dietas, había una conversación que estábamos evitando, una que pendía sobre nuestras cabezas como una gu
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