Chloe Donovan
El ritual nocturno de las inyecciones se había convertido en el momento más extraño de nuestra convivencia. Estaba tumbada boca abajo en la cama de Dominic, con la cara hundida en una almohada de seda mientras escuchaba el siseo del alcohol esterilizando la zona y el tintineo del cristal. Mis hormonas estaban en un punto de ebullición tal que sentía que podía encender una bombilla solo con tocarla, pero mi humor había pasado de la furia volcánica a una especie de lucidez ácida.
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