Dominic Blackwood
La mansión estaba sumida en esa penumbra cálida que solo el fuego de la chimenea sabía proyectar. Afuera, el invierno de Londres golpeaba los ventanales con ráfagas de lluvia helada, pero dentro, el aire se sentía espeso, casi eléctrico. Chloe estaba sentada a mi lado en el sofá, envuelta en una manta de cachemira, con la cabeza apoyada en mi hombro. El tratamiento de hormonas le había dado una tregua hoy; ya no había gritos por el café ni llantos por el color de las nubes. So