Chloe DonovanMe desperté con la sensación de que el mundo todavía estaba un poco fuera de eje. Abrí la puerta de mi habitación con cautela, esperando encontrar a Dominic montando guardia o, peor aún, intentando invadir mi espacio con alguna disculpa pomposa. Pero lo que encontré fue mucho más desarmante.En el suelo, justo frente al umbral, había una pequeña caja de madera rústica. No tenía el sello de ninguna joyería de lujo de Bond Street, ni el lazo de seda de una marca exclusiva. Al abrirla, el corazón me dio un vuelco. Era un frasco de cristal antiguo que contenía un polvo de un azul vibrante, casi eléctrico: Lapislázuli puro de Afganistán. Es el pigmento más difícil de conseguir, el tipo de azul que usaban los maestros del Renacimiento y que yo le mencioné una vez, entre susurros, como un sueño inalcanzable para mis próximos cuadros.Junto al frasco, una nota con su caligrafía firme y angulosa:"Para que pintes tus propios cielos, Ross. No necesitas permiso de nadie para brilla
Leer más