Laura estaba sentada en la cama, con las manos entreladas sobre el regazo. Edgar estaba a su lado, mirando el suelo durante unos segundos antes de alzar la vista.—¿Tú crees que lo va a entender? —preguntó en voz baja—. ¿No sería mejor que habláramos con ella junto a la psicóloga?Laura respiró hondo.—No, negro… esta conversación tiene que ser nuestra —dijo, mirándolo con firmeza—. Tenemos que vivir este momento con ella. Y hablará con la psicóloga en sus días de terapia. —Hizo una breve pausa—. Es inteligente… pero sigue siendo una niña. Solo tenemos que hablarle con cuidado.Edgar asintió. Antes de que alguno de los dos dijera algo más, unos golpecitos suaves sonaron en la puerta.—Puedes pasar, mi amor —dijo Laura, con una sonrisa suave.La puerta se abrió despacio. Luna apareció ya en pijama, abrazando un osito contra el pecho. Sus ojitos curiosos recorrieron el cuarto hasta encontrarlos a los dos.—¿Me llamaron? —preguntó, acercándose a la cama.—Sí, princesa —dijo Edgar, abrien
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