No tardó mucho en que el silencio de la suite se rompiera con los primeros gemidos bajos de Edgar, mezclados con el sonido húmedo y rítmico de las succiones de ella: lentas al principio, después más profundas, más intensas. Él echó la cabeza hacia atrás contra el respaldo del sofá, una de las manos hundiéndose en su cabello, no para guiarla, sino para anclarse.—Joder, Laura… qué boca tienes… —logró decir, con la voz entrecortada, casi un gruñido. Alzó la cabeza con esfuerzo, los ojos entrecerrados encontrándose con los de ella mientras gemía fuerte, el cuerpo temblando ligeramente.Laura se detuvo un instante, solo lo suficiente para mirar hacia arriba, los labios hinchados y brillantes, la mirada puro fuego y provocación. Mantuvo la mano alrededor de él, moviéndose despacio mientras hablaba, con voz ronca y satisfecha.—¿Ves cómo no necesito cantar nada para hipnotizarte?Edgar soltó una risa que se convirtió en gemido cuando ella volvió a lo suyo, más decidida que nunca. Cerró los
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