Edgar tragó saliva con fuerza. —Solo… —empezó, pero se detuvo—. Maldita sea. Y salió tras ella. Dentro de la mansión, Edgar entró a toda prisa. Una empleada bajaba las escaleras, sobresaltada por el ruido. —¿Viste a Laura? —preguntó, pasándose la mano por el pelo en un gesto tenso. La mujer asintió, nerviosa. —Ella… se encerró en su habitación, doctor —respondió en voz baja. Edgar subió corriendo. Llegó al pasillo y se detuvo. —Maldita sea… ¿cuál es su cuarto? —murmuró, golpeándose el muslo con impaciencia. Empezó a abrir una puerta tras otra, rápido, hasta llegar a la que estaba cerrada con llave. Golpeó con fuerza la madera. —Laura. Abre la puerta —ordenó, la voz dura, sin espacio para juegos. Del otro lado llegó su voz entre sollozos, temblorosa y furiosa. —¡Vete, Edgar! —gritó—. ¡No va a haber más boda! Edgar cerró los ojos un segundo, respirando hondo. —Laura… si no abres esa puerta, la echo abajo —avisó, en un tono bajo y peligroso. —¡No tengo nada que hablar contig
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