El coche se detuvo frente a la entrada principal de la mansión de los Holt y, incluso antes de que el chofer abriera la puerta, Frederico ya se acercaba a pasos apresurados, con el semblante demasiado serio.— Mi niña… —dijo en cuanto Laura bajó—. ¿Cómo estás?— Estoy bien, abuelito. —respondió Laura, dándole un beso en la mejilla—. Tranquilo, no quiero que se sienta mal.Olga apareció enseguida detrás, abrazándola con cuidado, como si fuera de cristal.— Mi amor, estábamos muy preocupados por ti. —murmuró, sosteniendo el rostro de la nieta con cariño—. ¿Está todo bien ahora?Laura respiró hondo, forzando una sonrisa controlada.— Sí, abuela. Fue solo una crisis de ansiedad. —dijo, lo bastante firme como para sonar convincente, y la abrazó—. Creo que estoy nerviosa por la inauguración de la clínica. Muchas cosas pasando al mismo tiempo.Frederico entrecerró los ojos, evaluándola en silencio. Conocía a esa nieta desde siempre. Pero decidió no presionar.— Si es eso, es comprensible. —d
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