Edgar llegó a la mansión exhausto. El silencio de la casa contrastaba con el caos que aún latía dentro de él.
Marcela estaba sentada en el sofá, con la postura rígida, los brazos cruzados, el rostro marcado por la irritación y el cansancio.
— ¿Tienes idea de lo difícil que fue hacer dormir a Luna? —dijo sin rodeos—. Se quedó esperando al padre que prometió aparecer… y no apareció.
Edgar respiró hondo, pasándose la mano por el rostro.
— Marcela, ahora no estoy con cabeza para reproches.
Ella se