El mundo se detuvo. El ruido del tráfico de Londres, el murmullo de Casey, el latido de mi propio corazón... todo desapareció, reemplazado por un rugido sordo en mis oídos. La imagen de Julian, ese parásito cobarde, ese traficante de falsas esperanzas, tocando la piel de Mia, riéndose de mi ausencia, aprovechándose de su vulnerabilidad y de su necesidad enfermiza de castigarse a sí misma, hizo que la sangre me hirviera.Mi mano apretó la taza de café con tanta fuerza que el material crujió antes de estallar en un par de pedazos. El líquido frío se derramó por mis dedos, pero no sentí nada.—Ese malnacido —mascullé entre dientes, con una voz que no reconocí como la mía. Era pura rabia líquida.—Ella lo hace para herirte, Liam —dijo Casey en voz baja desde la barra, acercándose con cautela—. O para herirse a sí misma. Sabe que Julian es el límite, sabe que eso es lo que más te dolería si llegara a tus oídos. Es su forma de decirte que no te necesita, aunque se esté matando en el proceso
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