Narrado por Mia Blackwood El zumbido de la abstinencia seguía ahí, un parásito que devoraba mis nervios, pero la neblina de las alucinaciones se había disipado lo suficiente como para dejarme en una lucidez hiriente. Estaba sentada en el borde de la cama, con los brazos rodeando mis rodillas, cuando la puerta de mi habitación se abrió. No fue el paso ligero de una enfermera. Fue un eco pesado, coordinado, una vibración que conocía desde que tenía uso de razón. Dominic y Spencer entraron como si fueran dueños del edificio, proyectando sombras largas sobre las paredes blancas de la clínica. —Vaya —susurré, mi voz sonando como papel de lija—. El comité de despedida ha decidido convertirse en el de inspección. Dominic no respondió de inmediato. Se quedó de pie, impecable en su traje oscuro, pero sus ojos recorrieron mi rostro pálido y mis manos temblorosas con una intensidad que casi podía sentir físicamente. Spencer, a su lado, mantenía esa máscara de frialdad absoluta, pero sus nud
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