El mundo se detuvo. El ruido del tráfico de Londres, el murmullo de Casey, el latido de mi propio corazón... todo desapareció, reemplazado por un rugido sordo en mis oídos. La imagen de Julian, ese parásito cobarde, ese traficante de falsas esperanzas, tocando la piel de Mia, riéndose de mi ausencia, aprovechándose de su vulnerabilidad y de su necesidad enfermiza de castigarse a sí misma, hizo que la sangre me hirviera.
Mi mano apretó la taza de café con tanta fuerza que el material crujió ante