Capítulo 18: La coartada perfectaLa maleta de Elena estaba abierta sobre la cama, llena de vestidos de seda, joyas y tacones de aguja. Parecía el equipaje de una princesa, no el de una mujer que iba a la guerra.—¿Crees que es suficiente? —preguntó Damián, apoyado en el marco de la puerta, observándola con una sonrisa divertida.—Vamos a Mónaco, Damián. La apariencia lo es todo —respondió Elena, guardando un estuche de terciopelo—. Si queremos llamar la atención de Esteban, tenemos que brillar más que nadie. Tiene que vernos y sentir envidia.En ese momento, Roberto, el mayordomo, tocó a la puerta con expresión nerviosa.—Señor, señora... Su abuelo está aquí abajo. Y no parece contento.Damián y Elena intercambiaron una mirada rápida. El viejo tiburón había olido sangre.—Vamos —dijo Damián, borrando su sonrisa y adoptando su máscara de frialdad habitual—. Recuerda el plan.Bajaron la escalera principal. Roberto Valente estaba de pie en el vestíbulo, apoyado en su bastón, bloqueando
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