El estudio de Don Falcon aún conservaba los restos de una furia que no terminaba de apagarse.Una copa de cristal yacía hecha añicos en un rincón, con los fragmentos brillando sobre el piso. Alguien había empujado bruscamente una silla fuera de su sitio, y aún persistía un olor denso a alcohol y humo de cigarrillo.Y, sin embargo, el hombre que había desatado aquella furia parecía completamente tranquilo.Falcon estaba de pie frente al enorme ventanal, con las manos en los bolsillos. Su traje oscuro era impecable, el cabello peinado, como si nada en el mundo pudiera alterar su dominio.Solo su mirada lo delataba. En ella acechaba algo oscuro.—Anoche —dijo en voz baja—, decidí no perseguirlos.Nadie se atrevió a responder.—Quería ver quién tenía las agallas de llevarse a esa muchacha delante de mis narices. —Se volteó despacio y continuó con tanta calma que heló la habitación—: Ahora, díganme qué encontraron.Un miembro del personal, de traje gris, dio un paso adelante con una tableta
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