En el taxi de camino a casa, Lía todavía se masajeaba la muñeca. Iñaki no por nada llevaba años en las peleas clandestinas; tenía muchísima fuerza y le había dejado una marca morada alrededor de la articulación que le dolía con solo moverla un poco. Sin embargo, no se arrepentía; le había regresado el gesto con una buena cachetada, así que estaban a mano.De pronto, el celular empezó a sonar. Lía lo sacó de su bolso y, al ver quién llamaba, arrugó la frente con fastidio. Eugenia no solía marcarle por iniciativa propia, y cuando lo hacía, nunca era para algo bueno.Al contestar, Lía mantuvo la compostura y la saludó con respeto:—Dígame.Eugenia habló con un tono de superioridad, impaciente:—Doña Petra regresó a casa llorando, dice que convenciste a Dami de que la corriera, ¿es cierto eso?Lía sintió amargura. No se había equivocado: la llamada era por el asunto de la empleada.—Me temo que no tengo tanto poder como para influir en las decisiones de Damián —respondió con calma.Esas pa
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