El silencio en la suite principal de la mansión Valenti ya no era el preludio de una tormenta, sino el manto de una tregua sagrada. Elara observó a Dante desde la cama. Él estaba de espaldas, su figura recortada contra la luz de la luna que se filtraba por el balcón. Las cicatrices de sus hombros, marcas de una vida de violencia, parecían suavizarse bajo la penumbra.Ya no había urgencia por huir. Ya no había armas sobre la mesilla de noche, solo el monitor de los bebés que emitía un suave siseo rítmico. Elara sintió que su pulso se estabilizaba, una sensación de paz que todavía le resultaba extraña, casi prohibida después de tanto tiempo viviendo al límite.Dante se giró y caminó hacia ella. Su mirada, antes cargada de un frío letal, ahora ardía con una intensidad que le robó el aliento. Se sentó en el borde del colchón, y el peso de su cuerpo hizo que Elara se deslizara hacia él. Sus manos, que habían dictado sentencias de muerte semanas atrás, temblaron levemente al acariciar la me
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