El almacén abandonado olía a óxido, a humedad estancada y, ahora, al miedo rancio que transpiraba el comisionado Daniels. La silla en la que estaba atado seguía de lado tras su caída, obligándolo a mirar el suelo de concreto agrietado mientras el Oráculo permanecía de pie, como una deidad oscura y silenciosa. — Parece que el peso de tu propia conciencia te ha tirado al suelo, Daniels — dijo el Oráculo. Su voz no era un grito, era una cadencia pacífica, casi musical, lo que la hacía diez veces más aterradora — Has pasado años caminando erguido gracias al dinero de los Patterson, pero aquí, en la oscuridad, la gravedad de la verdad es implacable.Daniels, con el rostro pegado al cemento y un hilo de saliva escapando de su boca, temblaba con tal intensidad que la madera de la silla castañeaba. — ¡Espera! ¡Escúchame! — logró jadear el comisionado — Sé que metí las narices donde no debía... lo admito. Pero podemos llegar a un arreglo. Tengo cuentas, cuentas que Braulio no conoce. Millone
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