La limusina negra de los Patterson se detuvo frente a la mansión, cortando el despliegue de luces azules y rojas que aún bañaban la fachada. Jack bajó primero, ajustándose el saco con una frialdad inhumana, como si el asedio policial fuera apenas un inconveniente logístico. Ayudó a bajar a Venus, cuya mirada vacía se transformó en puro horror al ver a los forenses sacando una camilla cubierta.Cuando escucharon los susurros de los oficiales mencionando el nombre de Lidia, el mundo se detuvo para ella. — ¿Lidia? No... ella no — sollozó Venus, cayendo de rodillas sobre la grava húmeda.En ese nido de víboras, Lidia había sido el único rastro de humanidad, la única que le había dedicado una palabra amable sin segundas intenciones. Jack, sin embargo, permaneció rígido como una estatua de mármol, mirando el cadáver de la esposa de su tío con una indiferencia que rozaba lo sociópata. Solo le puso una mano pesada en el hombro a Venus, no para consolarla, sino para obligarla a levantarse. —
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