Después de nuestra boda oficial, Lucas y yo nos mudamos a la casa principal de la manada Skollrend, en las colinas que dominaban el valle. La casa era grande y acogedora, con chimeneas de piedra, ventanas amplias que daban a hermosos paisajes y un jardín lleno de flores silvestres que Lucas mismo había plantado.Cada mañana me despertaba con el aroma de café y pan recién horneado. Lucas siempre se levantaba antes que yo para preparar el desayuno, y me esperaba en la terraza con una taza caliente en la mano.—Buenos días, mi amor —me decía siempre, besándome suavemente la frente—. ¿Sueñas conmigo?—Siempre —respondía yo, apoyándome en su hombro mientras admirábamos el sol saliendo detrás de las montañas.Un día, mientras estábamos sentados allí, Lucas me cogió la mano:—Quiero enseñarte algo —dijo, levantándose—. Es una sorpresa.Me llevó hasta el borde del jardín, donde había un pequeño cobertizo de madera que nunca había visto antes. Al abrir la puerta, descubrí un taller de arte com
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