Lo que vi me heló la sangre. Mi madre estaba arrodillada en el suelo, presionando con ambas manos el abdomen de Scott, la sangre se desbordaba de entre sus dedos. El mayordomo yacía inmóvil, pálido, con una mancha oscura extendiéndose debajo de su cuerpo. Sus ojos cerrados. Miré alrededor, con el arma levantada, buscando a Cecilia entre los muebles, oculta en algún rincón, pero no había rastro de ella. —Se fue —sollozó mi madre, tratando de mantener una expresión firme, determinada, pero las lágrimas corriendo por sus mejillas revelaba lo que en verdad estaba sintiendo. —¡Madre! —avancé, arrodillándome junto a ellos, sin importarme mancharme de la sangre del hombre que me ha servido durante años. Ella levantó la vista. Pude distinguir el dolor en sus ojos, la decepción. La recorrí de pies a cabeza, asegurándome que estuviera bien, que ninguna bala haya logrado alcanzarla. Y pese a no tener ninguna herida, lloraba desconsoladamente. —Está vivo —dijo, sorbiéndose la nariz—. Por
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