Leo dio un paso largo hacia la mesa de centro y tomó la bolsa de regalo con brusquedad. La miró apenas un segundo, con los ojos llenos de asco, y la arrojó al bote de basura que estaba junto al mueble de la televisión. El golpe del plástico contra el metal sonó seco, rompiendo el silencio pesado de la sala.Luego, se giró lentamente para mirar a Isabella. La furia en sus ojos ya no era contra ella; estaba dirigida por completo hacia la entrada de la casa, por donde Elena acababa de escapar. Tenía la mandíbula tan apretada que se le marcaba un músculo en el cuello, y la respiración le subía y bajaba rápido en el pecho.—No voy a defenderla —dijo Leo. Su voz bajó un tono, sonando más grave y ronca de lo normal—. Cruzó una línea que no le correspondía. Esta es mi casa, Isabella. Es la casa de mis hijos, y nadie viene a insultar a mi familia bajo mi techo. Nadie.Isabella soltó una risa amarga, una carcajada seca que no tenía nada de alegría. Se cruzó de brazos, frotándose los codos porqu
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