No la dejaron ver a Gabriel al día siguiente, ni al otro.Catalina preguntaba cada vez que un guardia venía a su puerta. Preguntaba educada al principio, luego más desesperada, luego con furia apenas contenida.La respuesta era siempre la misma. —El niño está en entrenamiento. Sin visitas.Al cuarto día, estaba lista para arañar las paredes.Paseaba su habitación sin fin, el pequeño papel con su pregunta oculto en la cintura de su vestido. El bebé pesaba en su vientre ahora, haciendo cada movimiento torpe y cansado. Pero no podía quedarse quieta.Sofía estaba viva en algún lugar, y Gabriel sabía dónde.Tenía que llegar a él.Al quinto día, vinieron por ella al amanecer.No el guardia habitual. Tres esta vez, todos armados. Sus rostros eran sombríos.—Ven con nosotros —dijo el primero.El estómago de Catalina se cayó. —¿Adónde?—Don Esteban quiere verte.El miedo la atravesó, pero se obligó a calmarse. Se puso de pie despacio, alisando su vestido. —Bien. Vamos.La llevaron por corredor
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