A medida que pasaban los días el aire en la ciudad se sentía cada vez más viciado, era una mezcla de ozono, asfalto recalentado y la presión invisible de una vigilancia que no descansaba. Adrian Valerius lo sentía en la base del cráneo, un hormigueo constante que le indicaba que los satélites de la Orden Helix estaban ajustando su enfoque sobre él. Sin embargo, en el centro de ese huracán de acero, su mundo personal se expandía en una dirección que Daniel jamás podría haber calculado. El lunes por la mañana, cuando salió de su departamento, Adrian encontró un sobre hecho de papel artesanal, con una textura que le recordaba a la corteza de abedul, depositado sobre el capó de su coche. No tenía sello postal, ni remitente, pero el aroma que desprendía —una mezcla de sándalo y lluvia fresca— era inconfundible. Al abrirlo, la caligrafía fluida y elegante de Lyra, lo invitaba formalmente a pasar el próximo fin de semana en el Enclave. "Para que el joven Valerius comprenda que las raíces
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