POV. AdrianLa casa de la costa, que debía ser nuestro santuario, se sentía como un mausoleo. El aire, salado y fresco, no lograba limpiar el olor a miedo que impregnaba cada rincón. La familia de Amelia estaba apiñada en el salón principal, sus rostros pálidos y marcados por el shock. Ana, la madre de Amelia, lloraba silenciosamente en el sofá, mientras Suzie intentaba consolarla y Thomas daba vueltas por la habitación como un león enjaulado, su mirada arrojando dardos de acusación hacia mí cada vez que pasaba.Mi padre, Erik, estaba sentado en un sillón, frágil, pero con una lucidez feroz en sus ojos. Mi madre estaba a su lado, su mano entrelazada con la de él, su presencia un sostén en medio de la tormenta. Dominic se movía por la casa como un fantasma silencioso, coordinando a su equipo de seguridad; su rostro, una máscara de concentración resquebrajada por la preocupación.—¿Alguna noticia? —pregunté por décima vez, mi voz rasposa.Dominic negó con la cabeza, sin apartar la vista
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