La mañana llegó despejada, con esa luz particular del invierno egipcio que no calienta sino que simplemente existe, horizontal y pálida, deslizándose por las ventanas altas de los aposentos como si no tuviera prisa por ningún destino. Neferet llevaba despierta desde antes del alba, sentada en el borde de la cama con las rodillas recogidas contra el pecho, escuchando los sonidos del palacio despertar a su alrededor: el paso de los guardias en el corredor, las voces lejanas de los sirvientes en las cocinas, el canto de algún sacerdote en el templo que llegaba amortiguado por la piedra y la distancia.Amenhotep no estaba.Esto no era inusual. El faraón se levantaba antes que el sol con una disciplina que Neferet había aprendido a respetar sin comprender del todo, llevado por obligaciones que empezaban antes de que el mundo despertara. Lo había encontrado algunas mañanas en la biblioteca, rodeado de pergaminos, con los ojos marcados por la falta de sueño pero la mente comp
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