Los preparativos habían comenzado tres días antes, cuando los exploradores del norte confirmaron que la delegación nubia cruzaría las puertas de Tebas al amanecer del jueves. Desde entonces, el palacio se había transformado en una criatura de mil extremidades: cocineros que discutían sobre la preparación del ganso asado, sirvientes que pulían las columnas del gran salón con aceite de cedro, floristas que traían lirios del Nilo en canastas de mimbre. Neferet había observado todo desde su salón privado, con los documentos de protocolo que Satiah le había procurado extendidos sobre la mesa de ébano, memorizando nombres y títulos con la misma disciplina con que, años atrás, había memorizado los precios del lino en los mercados de Tebas.El conocimiento, había aprendido su padre, era la única moneda que nadie podía robarte.El d&
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