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La fiebre de Amenhotep entró en su tercer día con la misma obstinación silenciosa con que había llegado, y Neferet aprendió a medir el tiempo no por la posición del sol sino por el ritmo de su respiración: pesada durante las horas más calurosas, más suave hacia el amanecer, nunca del todo tranquila.

Nebamun venía dos veces al día. Colocaba la mano sobre la frente del faraón con la expresión conce

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