Sienna se quedó inmóvil con la mano sobre la mejilla, los ojos abiertos de par en par, y Emma sintió que la culpa le caía encima como un balde de agua helada. Eso no estaba en el plan. El golpe había sido real, impulsivo, torpe. Se le salió de las manos en el peor momento, delante de demasiados testigos y, sobre todo, delante de Caleb. —No lo puedo creer —murmuró Sienna, todavía aturdida. Emma supo que no hablaba solo de la escena. Hablaba del golpe, de la traición instantánea de una amiga que, en medio del teatro, había cruzado un límite que ninguna de las dos acordó cruzar. Pero Sienna era Sienna. La sorpresa apenas le duró un segundo, algo cambió en sus ojos. Una chispa filosa, casi vengativa, se encendió en su mirada y Emma entendió demasiado tarde lo que venía. Su amiga la recorrió de arriba abajo con
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