Las manos de Emma no dejaban de temblarle y las lágrimas resbalaban por su rostro una tras otra, sin que pudiera detenerlas, mientras su mente parecía haberse quedado atrapada en un solo punto, en una sola necesidad urgente. Que el avión aterrizara de una vez. Quería llegar a París. Quería correr al hospital, al puerto, a donde fuera necesario. Quería ver a sus padres, escuchar sus voces, comprobar con sus propios ojos que seguían vivos y que todo aquello no era más que un error, una confusión, un susto horrible que todavía podía corregirse. Damián iba a su lado, sosteniéndole la mano entre las suyas, pero Emma apenas sentía el calor de ese contacto. No porque quisiera apartarse de él, sino porque en ese instante no había espacio dentro de su cuerpo para otra cosa que no fuera desesperación. Desde que Mateo la llamó, todo se había vuelto borroso. Prim
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