El padre de Emma llegó junto a Damián y Marco Mendoza justo cuando ella se quitaba la chaqueta de Caleb. Le agradeció con un gesto breve y, aun así, Caleb no se separó de ella. Ni siquiera cuando Emma se acercó a Emmanuel, que se había puesto inquieto, con esa energía luminosa que le nacía cada vez que algo le emocionaba de verdad. —¡Mira, mami! ¡Damián! Emmanuel agitó la mano desde los brazos de Margaret, señalando con el dedo, como si no pudiera contenerse. Emma sonrió apenas, con ternura, porque había cosas que su hijo hacía que no le pedían permiso al corazón. Caleb dejó de abrazarla por los hombros para tomarla de la cintura de una manera posesiva que, de pronto, la incomodó. Un gesto innecesario, demasiado público, como si quisiera dejar claro algo frente a los recién llegados. Emma se movió con discreción. Lo suficiente para que el agarr
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