Después de una noche que pareció eterna, los primeros rayos de sol comenzaron a filtrarse por las rendijas de las cortinas, dibujando haces dorados que bailaban sobre las sábanas revueltas. La luz era tibia, perezosa, como si el sol también se resistiera a despertar del todo.Abrí los ojos con lentitud, sintiendo el peso de una noche de insomnio y sueños a partes iguales. Mi mejilla descansaba sobre el pecho de Adrián, y el vaivén de su respiración era como una canción de cuna que aún no quería terminar. Su corazón latía bajo mi oído: bum, bum, bum. Un ritmo acompasado, tranquilo, que me recordaba que estábamos vivos, que después de todo, seguíamos aquí.Me quedé un momento así, flotando en esa neblina entre el sueño y la realidad. Los rayos de sol ascendían lentamente por las sábanas, acariciando su torso desnudo, iluminando las sombras de sus músculos, tiñendo su piel de un tono dorado que parecía sacado de una pintura renacentista.«Qué ridículamente guapo eres, Don Di'Marco», pens
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