El avión comenzó el descenso y mi corazón se aceleró como si fuera la primera vez que volaba. La emoción me recorría las venas, burbujeante, casi infantil, mientras las nubes se abrían paso para revelar, abajo, una postal que parecía sacada de uno de esos documentales de naturaleza que veía cuando necesitaba escapar del mundo.
— Estamos llegando — anunció Adrián, y en su voz había una sonrisa. No la que usaba en las reuniones de negocios, ni la que esbozaba cuando enfrentaba a sus enemigos. Era